# Un viaje a pie por Japón

Crónica publicada en la revista española Altaïr Magazine (España)

Jul 2017

http://www.altairmagazine.com/blog/extremo-del-mundo-paso-esteban-feune-colombi/

Creo en la historia de mis pies

“Je ne voyage pas pour connaître un pays mais pour l’ignorer un peu plus, non pour le posséder mais pour le perdre, et je me perds”

Izhatk de Lodz

Todo empezó con mi tío Ramón, andariego de ley. Crecí sabiendo que de joven caminaba, una vez por mes, 60 kilómetros a campo traviesa para encontrarse con su novia Brenda del otro lado del valle. Luego apareció Robert Walser. Lo descubrí cuando vivía en Ginebra y leer El paseo me sigue maravillando. Más tarde vino un tal Marc Caellas y juntos convertimos la nouvelle del escritor suizo en obra de teatro a pie. Los peregrinajes me llevaron a andar, vestido de hombre decimonónico, por Bogotá, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, San Pablo, Barcelona, Ciudad de México, Mallorca y La Habana, y a investigar textos vinculados con la dromomania, desde Carl Seelig hasta Rebecca Solnit pasando por Osvaldo Baigorria.

En algún momento impreciso encontré, en una librería de viejo neoyorquina, The 53 Stations of the Tokaido, un tomito con reproducciones de grabados de Hiroshige. Entonces no conocía a ese maestro japonés del ukiyo-e y jamás había oído hablar del Tokaido. Sin embargo, sabía que el destino me tenía preparado, allá lejos y en el tiempo, un viaje a Japón, y que desembarcaría en la isla con la frase “navigare necesse est, vivere non est necesse” –atribuida por Plutarco, en sus Vidas, a Pompeyo, y usurpada por la Liga Hanseática, Pessoa y Caetano Veloso, en ese orden– tatuada en el brazo derecho.

En épocas del Período Edo, entre 1603 y 1868, el Tokaido era la más importante de las cinco rutas del Japón feudal. Unía los 500 kilómetros que separaban a Tokio de Kioto, la antigua capital. Su nombre significa “camino del Mar del Este” porque coquetea con la costa y se diferencia del Nakasendo, que también discurría entre ambas ciudades, pero en medio de las montañas.

A mediados del siglo XIX, el pintor Utagawa Hiroshige retrató con estampas bucólicas las 53 estaciones del recorrido. Se trataba de postas donde los caminantes descansaban, comían y dejaban sentado su paso. Precisos y preciosos, los sofisticados dibujos hechos en papel de arroz registran no sólo hábitos sino también una peculiar forma de vida a pie. Hay picos nevados, plantaciones de té, puentes de madera, lluvias bíblicas y lagos turquesas; ataviados con colores muchas veces chillones, los muchachos llevan su carga al hombro o en palanquines y al mirarlos de cerca parece que se movieran en los oníricos paisajes que plasmó el artista tokiota.

Después de hacer ocho funciones de El paseo de Robert Walser en Barcelona y de tatuarme el aforismo latino que me prometí, aterricé en Tokio a fines de marzo. El plan era aclimatarme durante un par de días y rumbear de inmediato hacia Kioto a bordo de mis dos piernas. Iba preparado, pero no tanto. Una campera todo terreno, unas botas Quechua, una capa de lluvia, dos pantalones desmontables, un sombrero de aventurero y algunas pocas cosas más que cargué en la típica mochila de mochilero: 11 kilos en la espalda. Por delante, cuatro kilos en otra mochila con el ordenador, un trípode, una cámara de fotos que también filma, una Moleskine y una reserva de almendras, maní, castañas y nueces.

Si bien en internet se informa, aunque sea de modo superficial, sobre el Tokaido, no hay casi nada que indique cómo hacer para transitarlo. Es que, hoy en día, a prácticamente nadie, sea occidental u oriental, se le ocurre perpetrar semejante osadía. En la sede porteña de la embajada japonesa una señorita me dijo, atónita, que hacía “sigros” nadie se le animaba. La excepción fue Matthew, un neocelandés que caminó las cinco rutas feudales y consignó sus peripecias en un blog. Entré en contacto con él y terminó siendo mi mejor adalid. Me dijo cómo hacer, dónde empezar, qué llevar, por qué obviar tal o cual trecho y se mantuvo atento, por mail, a mis avances.

El primer día fue el más fácil. Caminé desde la casa de Rei Sakai –le alquilé un cuarto por Airbnb–, que me despidió con reverencias y me regaló una botella de matcha frío, hasta Nihonbashi, el punto de partida “oficial” del Tokaido, kilómetro cero del país y un barrio de negocios muy trajinado. Parado cerca del puente que da comienzo a mi peregrinación, le dediqué unos minutos de pensamiento al grabado de Hiroshige que inaugura las 53 estaciones. Entonces caí en la cuenta de que tendría la oportunidad de cotejar, unos dos siglos más tarde, sus impresiones con las mías.

Vi barbijos por doquier, piernas ligeramente patizambas, chóferes con guantes blancos, mujeres uniformadas, cuervos graznando, paraguas transparentes, pocas miradas y niñitos con bonete. La primavera se insinuaba con tímidos brotes y en el mercado Tsukiji me regalé un panzazo de sashimi de caballa, sepia y pulpo. Yositeru, el dueño de la tienda, me vio cargando las mochilas y quiso saber hacia dónde iba. Hablamos por señas e intercambiando piezas de un inglés bizarro. “Walking, walking, walking!”, repetía cuando entendió mi propósito. Se golpeaba las piernas y miraba las mías, estupefacto, tal vez porque se parecen más a espárragos que a firmes troncos. Me ofrendó unas galletas irrompibles (“perusoná pureza”, decía en su afán de pronunciar “personal present”), me dio la bienvenida a Japón y me saludó con un tierno “Sayonara, Eshtebá”.

Caminé tres kilómetros más y en una pequeña estación subí a un tren rumbo a Odawara. “Mañana empieza la verdadera caminata”, me había anticipado Matthew. El vagón rebalsaba de gente, pero el silencio parecía monacal: nadie, absolutamente nadie decía una palabra. Sólo se escuchaba de fondo una voz aguda y monocorde que musitaba ao vivo el nombre de las estaciones. Esa noche dormí en una casa de huéspedes, en una habitación de ocho camas marineras. Los anfitriones, Chiharu y Shunkei, abrieron la puerta corrediza de la entrada y me recibieron con un característico “moshi moshi”, alargando como niños de coro la última sílaba.

Troqué mis zapatos por pantuflas, desensillé y compartí un caldoso ramen de cerdo con Shunkei, el hombre de la pareja. Uno se acostumbra al zumbido que provocan los asiáticos cuando succionan los fideos udon, pero imitarlos no es buena idea. Conversamos usando el Google Translator de tanto en tanto y entre otras cosas me dijo que jamás había escuchado que un foráneo recorriera el Tokaido a pie. En la mesa de al lado se instaló una pareja de viejos yanquis de origen nipón que vinieron en plan bohemio a conocer sus raíces. Había un gato naranja igual al de mi madre y recuerdo haber pensado “qué raro que no me entienda si le hablo en castellano”.

A las tres de la madrugada abrí los ojos, como en las noches anteriores, pero conseguí volver a cerrarlos. Marqué la ruta del día en el Google Maps mientras tomaba el desayuno, una bandeja con té verde, sopa miso, arroz glutinoso, algunos encurtidos, pescado en tempura y una lacónica ensalada de chauchas, hongos y bambú. Aunque no me enorgullece la sumisión al gigante yanqui, no se puede negar, me parece, que hace muchas cosas bien (“al que no le gusta, la perra gorda”, habría escrito el catalán Josep Pla). Por más que nos vigile con sus drones, el mapa mundial de Google nos salva en casos como éste. Son las 7 y el pronóstico para la marcha de hoy es de 32 kilómetros hasta Mishima, cruzando el temible Hakone Pass, con tormentas aisladas. Hora de arribo: 3 de la tarde.

No sé por qué, pero por una corazonada paso el relato al presente. Estoy transpirando como un cebú en celo, tengo hambre, músculos cuya existencia desconocía se tensan y mis gemelos empiezan a arder. La mochila clava mínimas estocadas en la cintura y el mapa –accedo a internet gracias a un artefacto que me provee wifi y que recogí en una dependencia del correo– ofrece un histérico circuito de curvas y contracurvas. La ruta es de montaña, de esas que podrían culminar en un centro de esquí, y está transitada entre manchones de nieve por vehículos sigilosos. De todas maneras, la corto al medio por un empinadísimo sendero de piedras flanqueado por pinos altos y flacos y por incipientes bambusales. Se trata del único trecho del Tokaido que fue preservado tal cual. Por eso será que empiezo a cruzarme con algunos homo viator japoneses blandiendo bastones de senderismo.

Google Maps anuncia un “restaurant especializado en fideos soba”. Como es la una de la tarde, decido que esa será mi posta: lugar de descanso y merecido almuerzo. Ahora sí, el cuerpo se manifiesta con quejas y yo, para contestarle, me hablo en francés o con acento cordobés –percibo eso a destiempo, cuando ya sucedió– y me convenzo así de que esta empresa no es estéril. Hablarme me hablo mucho, hacia adentro o en voz alta, de temas anodinos o de cuestiones metafísicas, generalmente en forma de epigramas. No logro profundizar los pensamientos y ante cualquier atisbo de desesperación me concentro en inhalar y exhalar. “Cuando las piernas no pueden caminar más, camina la cabeza”, leí en uno de mis libros dedicados al tema. Ahora mismo el paisaje atraviesa mi mente como lo hacen las imágenes cuando medito: nubes apenas mecidas por el viento.

El restaurant que esperaba es una torre de sillas patas para arriba que se asemeja a una instalación de arte contemporáneo. Me saco las dos mochilas, estiro el esqueleto y me entrego a un prudente festín de agua mineral y frutos secos. Recargo energías y supero la tenue frustración sin mirar atrás ni adelante sino acá. Acá, ahora: este segundo, este metro cuadrado, este cielo. Unos 17 kilómetros de romería… y contando. Respiro conscientemente. El contorno blanquecino de las montañas; los nudos de mi espalda; la remembranza de una sonriente pareja de viejitos cosechando repollos. Eh, no: eso ya pasó. ¡Acá, ahora! El viaje está sucediendo y no importa si llego, si llegaré a destino. Yo persuadiéndome cuando aparece otra sonriente pareja, esta vez de caminantes.

Con ustedes, Ayako y Michi. Diría que tienen 60 años, pero acusan 83. Se dirigen a Amazake, una casa de té que está a media hora de acá. “Saka, saka”, dicen al enterarse de que soy argentino. “Dicen” es un decir porque sólo habla ella, Ayako. Ella me pide permiso para sacarse una selfie haciendo la V de la victoria con los dedos, ella me muestra el paisaje, ella sugiere en un inglés rugoso que los acompañe. Nos movemos calladamente en trío. Cada tanto freno a filmar algo y me apuro en alcanzarlos. “Saka”, insiste Ayako haciendo un gesto incomprensible con las manos. Tardo en deducir que se refiere al fútbol y que me asocia –paradojas de la globalización– con “Meshi, Meshi”.

La casa de té abrió sus puertas hace cuatro siglos y hoy está atendida por la 13ª generación de la familia Yamamoto. Se trata de un lugar penumbroso, de frío ancestral, con un piso de barro desparejo y un caldero entibiando las paredes. Un palanquín que cuelga del techo tiraniza la decoración. Mis amigos me animan a ordenar con pelos y señales una dosis de chikara-mochi con amazake. Obedezco. Me enfrento a dos pasteles de arroz y a un fermento muy parecido al sake, pero sin alcohol. Alrededor de nosotros, en mesas y bancos de madera rústica, hay algunas, pocas familias locales cuyo modelo suele calcarse: madre-padre-hijo. (Muchos habitantes no tienen hermanos y desconocen la gordura y son pulcros e higiénicos hasta el paroxismo, pero ésos son temas, me digo, para otra crónica.) Pues bien, el frugal banquete resulta, al contrario de lo que intuyo, un manjar, además de una inyección de calorías. La conversa con Ayako y Michi no prospera, así que ensayamos de vez en cuando algún gesto internacional y escrupuloso.

A la hora de pagar la cuenta encaro hacia la barra. Sitiada por los humos grises que brotan de una olla de regimiento surge Kotoyo, ama y señora de Amazake. Intrigada, quiere saber de mí. Como estudió en Estados Unidos, habla un inglés perfecto. Se confiesa una andarina “de fin de semana” y revela sin titubeos que envidia mi aventura. Al despedirnos cariñosamente me pregunta si me molesta que nos saquemos una selfie e insiste en obsequiarme un paquete de caramelos de café. Los japoneses y las selfies y los japoneses y el café: otros tópicos para otra ocasión (los japoneses y los regalos: uno más).

Me da por rumiar algo que no postergo: la relación de este país con el cuerpo me parece singular; generalizo ya que no veo otra forma de acercarme a una reflexión de esta calaña. Desde el vamos jamás percibí “eros” por la calle, en las siluetas de las mujeres o en las miradas de los hombres. Desde mi perspectiva occidental con tintes latinoamericanos, por no decir rioplatenses, he visto cuerpos asexuados, carentes de sensualidad, pero quizás ahí radique mi conjetura: detrás de esa opresión, de organismos puntuales y ordenados y uniformes y circunspectos y asexuados y compactos asoma una perversidad insinuada, puertas adentro, en casas minimalistas o en bares confusos. Pienso en el complejo universo de las geishas que no conoceré, en el furor del porno geriátrico, en los hikikomoris, en el machismo de pronto recalcitrante de los caballeros, en las damas que dan a luz y quedan sepultadas por la crianza del retoño único, en ciertos fetiches sexuales (la venta de bombachas usadas o de… ¡saliva!). Pienso, cómo no, en las insoslayables secuelas que causa la estampida de dos bombas atómicas.

Digresiones aparte, reanudo el camino. Si bien no soy consciente de lo mucho que me queda por patear, allá voy despacio y sin prisa, aunque mis distracciones arruinen el promedio. Cae la tarde, se anuncia la noche y por la carretera 1, en paralelo a camiones de carga pesada y dudando de mis capacidades, llego a Mishima tardísimo con una linterna de minero en la frente. Estoy físicamente destrozado, pero feliz. Feliz como nunca lo estuve. Se trata de una felicidad discreta y chúcara, minúscula y grandiosa.

En el cuarto de hotel –idéntico a todos los que me tocarán: calculado, mínimo, aséptico– lo primero que hago es examinar mis pies. Por fortuna no hay ampollas: las medias tirantes y las botas Quechua aportaron lo suyo. Preparo un baño de inmersión en una bañera en la que entro doblado en dos y en un baño revestido íntegramente en plástico (y, como en casi todo Japón, con un inodoro cuya tabla levanta temperatura y emite sonidos relajantes). Luego me predispongo a bajar y clasificar el material filmado, enchufar los equipos electrónicos, cargar las múltiples baterías, reservar el hotel de mañana y vestirme para salir a comer. Nunca pensé que vestirse fuera tan difícil, me siento un muñeco de Lego con las articulaciones oxidadas. Vuelvo a mirar el mapa en el teléfono y no doy crédito: once horas para cubrir 32 kilómetros a pie.

A las 7 en punto doy el primer paso. Dormí poco y mal, pero no acuso dolores. La ruta, plana, se estrena por una ciudad no muy grande que me recuerda, en tren de buscarle un parecido, a un suburbio de Los Ángeles. Carteles de neón, tiendas de autos usados (son como de juguete, se estacionan en sitios imposibles y los modelos se llaman Pajero, Cocoa, Trueno o Moco) que exhiben guirnaldas y afiches fosforescentes, pocos semáforos y casi ningún peatón. Reconozco por enésima vez algo que me llama la atención: la ausencia de tachos de basura en la vía pública. Eso me suena a la frase de un amigo español que vive en Tokio: “aquí, lo que no está previsto no sucede”. Es simple, no hay cubos porque la gente no ensucia. Otro parámetro rotundo: no está previsto que las madres trabajen, entonces no se suele ver a mujeres de entre 30 y 60 años atendiendo un local o vestidas de policía.

En un estacionamiento filmo sin pruritos a un hombre que tarda 15 minutos en desenredar una bandera que está atada a su mástil para luego izarla. Lo hace con una sutileza, una parsimonia y una dedicación magníficas, como si en ello le fuera la vida. Así como registro esa escena, me animo a hacer lo propio, un poco a la manera de Hiroshige, con otras impresiones pastoriles que florecen a la vera del camino. Un niño jugando al béisbol en la puerta de su casa, una anciana limpiando los yuyos de su jardín, adolescentes uniformados yendo al colegio, un monje barriendo la entrada de un templo sintoísta, un señor pedaleando su bicicleta fija en el balcón, una tortuga estancada en un estanque, un vendedor ambulante ordenando los hongos… Poco a poco voy dejando atrás la civilización amesetada –las distancias son cortas entre ciudad y ciudad, entre pueblo y pueblo– y me acerco al Satta Pass, otro hito del viaje.

Se larga un aguacero que me obliga a refugiarme bajo un techito y prepararme para la ocasión. Ataviado con una capa de caucho me meto en la montaña y camino entre naranjos con sus frutos relucientes y mil arbustos forrados de papelitos blancos, un poco como esas mujeres que cada tanto se ven en las peluquerías. El mar asoma y se oculta dependiendo de las parábolas del sendero. Estoy solo y mi alma. Otra vez el cuerpo al borde de sus límites, mis piernas desplegando corajudamente su ingeniería eficaz, testaruda y analógica. En el ápice del hambre mi curiosidad descubre dos casitas que hacen las veces de restaurant y de criadero de anguilas y truchas arcoíris. Me honro con un almuerzo opíparo, eligiendo a dedo casi todo lo que figura en el menú y no comprendo (las célebres “unagi” con semillas de sésamo son una exquisitez perversamente grasosa). Como soy el único comensal, el cocinero deja su hábitat para saludarme y, al adivinar mis dolores de espalda, me masajea los hombros ante las risas espasmódicas de sus colegas.

Puesto a condensar el relato, pego un salto elíptico hasta dentro de unos días. Corte a: una plantación de té neuróticamente tusada. Avanzo a velocidad media en un entorno de sierras y arbustos rastreros de “matcha”, en total silencio, habiendo aprendido a dosificar la energía. Doy con un lugar especializado en pastas con cangrejo y café que me había recomendado el gran Matthew. Suena un disco de Dave Brubeck, en vinilo, a través de unos Technics quirúrgicos. La camarera, una viejita pícara y radiante, me trae la cuenta (la costumbre es colocarla boca abajo, tipo croupier) junto a una nota escrita a mano: “what do you need?”. Le explico mis planes y queda absorta, con esa cara de pudoroso pasmo que sólo los japoneses ponen, redondeando la boca y emitiendo sucesivos “oh, oh, oh” mientras se la tapan con ambas manos en un mohín de respeto.

A la hora de despedirme –el lugar se llama Komorebi, que quiere decir algo así como “los rayos del sol filtrándose a través de las hojas de los árboles”– aparece el dueño y sin ambages propone llevarme a dar una vuelta, cosa que por supuesto acepto. Subimos a su Honda Fit y partimos. Primero, a un templo sintoísta que luce vacío. Me lo muestra con tanto entusiasmo, que pensé que era uno de los feligreses, pero no: sólo me lo estaba mostrando. El inglés de Matsumoto es muy básico, así que la comunicación progresa en saludable mutismo.

Volvemos al auto y vamos derecho –nadie alrededor– hasta un museo liliputiense que jamás habría descubierto porque no parece un museo sino, como mucho, una oficina municipal. Con una reverencia grácil nos recibe el encargado, que conoce de memoria a Matsumoto. Me saco las botas y entro. Katuhiko tiene los dientes molidos como el personaje de Willem Dafoe en Wild at Heart, una sonrisa ancha y el pelo canoso levemente teñido de azul. En la sala de exposición hay originales de Hokusai y de Hiroshige dedicados al Tokaido. Mis dos anfitriones miran los fantásticos dibujos y se ríen a carcajadas: Matsumoto señala a un granjero e insinúa que se parece a él, mientras Katuhiko me presta una lupa para que mire las obras de cerca. Los detalles en el papel son impresionantes, no exentos de humor, cargados de un lirismo apenas presente.

Ya en el Fit, nos detenemos frente a un añoso cerezo en flor, luego frente a un grabado en una piedra y por último frente a una plantación de frutillas blancas. El camino por el que desfila el auto es tan angosto, que mi guía se baja, se para en medio, estira los brazos en cruz y dice: “To-kai-do”. Por acá mismo, entiendo, pasaba el antiguo trillo que surco ahora, su ristra de epopeyas y viandantes. Con un movimiento de manos Matsumoto me indica que hasta acá llegamos. “Now, you walk”, balbucea señalando sus pies. Bajo del Honda con todos mis petates, los apoyo en el piso y le doy un abrazo. Silencio. Agradezco con mi mejor “arigato gozaimasu” posible. Silencio. Creo que está llorando. ¿O es la lluvia? Porque llueve bastante y a él le preocupa que me moje. Emocionado doy la media vuelta y enfilo hacia Kakegawa a través de un cementerio aterrazado, cavilando en la relación de los japoneses con la naturaleza y en las horas que me quedan hasta recostar el chasis.

El dolor corporal se acentúa día tras día, de a momentos con ramalazos en algún músculo, pero ya vislumbré que no me impedirá llegar a Kioto. El hotel de esta noche tiene su onsen propio; o sea, un baño termal cubierto, en el subsuelo, con el agua a 40 grados. Dejo mis pertenencias en un vestuario, me desnudo, me lavo las partes sentado en una ducha, me enjuago con un balde, me hago de una toalla minúscula que se dobla en cuatro, me las arreglo para llevarla apoyada en la cabeza como hacen los demás y me deslizo en una pileta vaporosa que comparto con tres o cuatro parroquianos mudos. Intento esconder mis tatuajes –están prohibidos– y me distiendo un rato entre bostezos. Por la mañana, en la TV del restaurant sólo hablan del florecimiento de los cerezos, que causa furor en esta época del año. El timbre de voz de los conductores, vestidos estrambóticamente, se mezcla con los aspires de mis vecinos taciturnos, que succionan la sopa miso vestidos con el pijama y las pantuflas que provee el hotel. Marco la ruta y me pongo en marcha sin circunloquios.

En los primeros minutos de caminata –particularísima condensación del tiempo– me percato de que un olor ha ido gobernando mis pasos. Podría describirlo como tirando a agrio y desabrido, pero no en extremo, oculto detrás de un velo, solapado, dificultando su reconocimiento espontáneo. Todos los ramen que comí lo emanaron, también algunas plantaciones que atravesé, incluso los pasillos de los hoteles, los mercados, diversos encurtidos y las estaciones de tren más pobladas. Inevitable traer el umami a colación, vocablo que compendia ácido, amargo, dulce y salado en una suerte de mágico y misterioso quinto sabor. Constituye un ejemplo paradigmático el té verde, que al principio parece no saber a nada y uno le va agarrando la mano hasta volverse, como en mi caso, adicto. Ojo, que el jamón de bellota es otro digno espécimen de umami, pero en clave occidental, así como el tomate crudo.

Me despierto al alba con este texto en la cabeza garabateado “a la española” en mi nictógrafo: “Es muy poco lo que voy a deciros porque poco es lo que soy y deciros poco forma parte de mi estructura fundacional; deciros poco es ser honesto con mis orígenes y es muy poco lo que tengo en mis orígenes, por no decir casi nada. Casi nada voy a deciros porque casi nada es todo lo que puedo daros (y eso si me esfuerzo mucho, muchísimo: por mucho, muchísimo que me esfuerce, siempre termino dando poco, casi nada, para terminar agotado y por el piso de formas como no se ha visto y sin exagerar, de modo que la recuperación me demanda días, quizá meses, y luego volver a empezar). Son las cosas que me pasan, no hay mucho que hacer. Tampoco hacerse mala sangre. Poco es lo que voy a contaros. Ya lo he dicho y lo vuelvo a decir porque no quiero que se generen falsas expectativas; se sabe, es muy probable que la vida no se ponga mejor que esto”. Hay algo japonés en esa parrafada. En un rato, posiblemente al mediodía, estaré llegando a mi Norte y no me lo creo.

Y ahora, no sé por qué, vuelvo al pasado. A punto de entrar en el sendero que une Otsu y Kioto conocí a Tsujimoto. Estiraba las piernas cuando lo vi venir. Iba pausado, las manos amarradas sabiamente por detrás. En ese instante trinó un pajarito que había venido oyendo desde temprano. “Jisu”, dijo el hombre cuando intuyó mi interés. Y “jisu” de vuelta y una vez más: carcajadas niponas. Se sorprendió con mesura cuando supo que mi viaje estaba por concluir. Miró mis piernas y dibujó un gesto de “ok” como lo hacen acá, formando un círculo con el pulgar y el índice. Me contó que se dirigía al Paseo del Filósofo para apreciar los sakuras recién florecidos y me invitó a acompañarlo.

Caminábamos juntos a dos por hora y en admirable silencio, cercados por un bosque de bambú y de la inefable copla de los jisu. Parecíamos salidos del guión de un animé, maestro y discípulo topándose al final del camino y recorriéndolo a dúo. Los bambúes eran altísimos y, apiñados, se rozaban entre sí escenográficamente creando una música serena como de flautas. En la ciudad nos esperaban cientos de cerezos en eclosión, su acechada lluvia blanca salpicando el río Sanjo –última parada del Tokaido–, japoneses montando picnics debajo de los pétalos, recién casados posando junto a una rama rosa y miles de turistas armados hasta los dientes con celulares y cámaras y teleobjetivos y flashes y trípodes y selfie sticks. Recuerdo a una mujer de edad inadivinable mirar un pétalo caer al agua, suspendido en otra dimensión, y luego ver cómo una carpa se acercaba casi sin velocidad al pétalo, esperándolo, para abrir la boca y dejarlo entrar.

Desde que imaginé este viaje supe que la vuelta, desandando el camino desde Kioto hasta Tokio, sería a bordo del Shinkansen, el famoso tren bala, a 300 kilómetros por hora. Me trepé al vagón número 8 y me instalé en una butaca sobre la ventanilla, al lado de un hombre de negocios que bebía café frío sin cesar. Quería ver cómo desfilaban ante mis ojos los 500 kilómetros que separan una ciudad de la otra. Sin preámbulos la máquina se puso en marcha y sin preámbulos entré en estado de trance: reconocí acá o allá, entre serpenteos, un puente, la entrada de un templo, la cima de una montaña y no mucho más. Instantes epifánicos, imposibles de fijar o retener, que proporcionaban fruición.

Se me vino a la mente un documental en el que Werner Herzog sigue a dos compatriotas que hacen cumbre muy cerca del cielo, en la cadena montañosa de Gasherbrum, frontera de China y Pakistán. La estrella de la película es el alemán Reinhold Messner, primer alpinista del mundo en escalar los 14 ochomiles sin oxígeno. Después de tocar la cima deseada en condiciones adversas, Messner y su compañero, Hans Kammerlander, vuelven al campamento a encontrarse con el cineasta, que los espera nerviosamente desde hace una semana. De emoción teutona, el encuentro ofrece algunas genialidades. En un furtivo zoom in vemos a Messner desnudo, secándose al sol como un oso polar luego de bañarse en un ventisquero. Herzog se acerca y le pregunta algo así como “¿cuál es el objetivo de todo esto?”. El tipo no lo sabe, no se lo ha preguntado y no quiere conocer la respuesta. Enseguida cuenta que puede escribir líneas imaginarias sobre las enormes paredes de hielo, “así como un profesor lo hace con tiza en un pizarrón”. Con modestia dice que él solo es capaz de ver esas líneas en la blanca inmensidad y que quedarán ahí para siempre.

La analogía se anuncia del todo abrupta, pero, aun así, mutando la temeridad vertical de Messner por mi primerizo viaje horizontal, sentí algo afín. Miré cómo volaban ante mí algunos campos sembrados de té verde, los cables de la electricidad, el mar o la silueta esfumada y fantasmal de un tren de pueblo, y advertí cómo en ese paisaje que caminé con lentitud de caracol quedará por siempre, dibujado sólo para mí, un bellísimo trazo invisible. Líneas erráticas en el mapa de la tierra, líneas erráticas y perfectas.

En el plano siguiente Messner está de frente, vestido con su campera azul y rodeado de nieve. “A veces me imagino caminando durante años, de un valle del Himalaya al otro, a través de bosques o desiertos, sin mirar atrás ni adelante, siguiendo camino hasta el extremo del mundo”, dice. Entonces Herzog, que acecha detrás de cámara, le cuenta que soñó lo mismo, que podía caminar y caminar junto a un husky “hasta haber estado en todas partes”. El alpinista sonríe con su sonrisa de hielo y explica, moviendo las manos a la altura del pecho, que se imagina caminando sin destino hasta el fin del mundo, que no sabe si ese lugar será redondo o plano y si terminará ahí, pero inevitablemente parará y entonces parará también su vida.

Messner se frota las manos. Su felicidad es única, distinta de lo que uno está acostumbrado a ver en los demás o a sentir en carne propia. La cámara se acerca a la cara tostada y nos muestra sus ojos color de cielo. Dice que escalar resulta cada vez menos importante para él: “lo importante es caminar, caminar, caminar”. Lo dice con tal asombro y alegría, que creo estar modestamente cerca, muy cerca de esa sensación.