# Cachorros (antología)

Antología de cuentos publicada por Machete Editora

Abr 2011

Minnesota

“Somos flechas disparadas del vientre de nuestra madre y aterrizamos en un cementerio. ¿Qué importancia tiene entonces –en el momento de aterrizar– si hemos volado bajo o alto, hasta dónde hemos volado o a cuántos hemos herido en el camino?”.

Kjell Askildsen

“La fe mueve aviones”.

William Edward Boeing

No tengo otra opción: voy a hablarles de Minnesota, el niño que miraba fijo a los aviones hasta hacerlos volar. Cuando era muy chico, Minnesota le tenía miedo a las alturas. Como su madre sufría de vértigo, él, para compadecerla, decidió que también sufriría de vértigo. Claro que su vértigo era más vertiginoso que el de ella; por ejemplo, si su madre se mareaba al subir dos escalones, él directamente se desmayaba. Gracias a una simple ley que invento ahora y que llamaré “Ley de Exageraciones”, Minnesota y su madre no sólo perdieron el miedo a las alturas sino que se convirtieron en fanáticos de ellas. Si se preguntan por el padre de Minnesota, bastará con decir que trabaja como piloto para una famosa aerolínea holandesa y que, por distintas razones, nunca conoció a su único hijo.

Una tarde, al salir del colegio, Minnesota compró un pez. Desoyendo los consejos de la vendedora, eligió uno que apenas se movía porque le hizo pensar en un pájaro sin alas, tan sereno y tan majestuoso. Su madre había tratado varias veces de regalarle un pajarito, pero él la convencía de que lo mejor era no hacerlo. Odiaba las aves: tenía la impresión de que en el momento más inesperado lo abandonarían.

Mientras caminaba rumbo a su casa, Minnesota, que prefería las peceras a las jaulas y las madres a los padres, miró la bolsa transparente en la que el pececito flotaba tan sereno y tan majestuoso. Pensativo, fijó la vista en el cielo –una nube con forma de lagarto cubría el sol– y bautizó a su nueva mascota con el nombre de Luisiana.

Minnesota y Luisiana empezaron a llevarse cada día mejor. Tanto es así, que Luisiana se convirtió en el mejor amigo de su dueño. Al cabo de un mes, Minnesota se permitía hablar con el pececito de lo misteriosa que lucía la ventana de su cuarto cuando un avión en pleno vuelo la cortaba en dos como a una naranja. A cada historia de Minnesota, Luisiana respondía con un aleteo diminuto y respetuoso.

La historia de estos dos compinches era vigilada de cerca por un montón de gente que ellos desconocían: vecinas, parientes lejanos, azafatas… Para esas personas, Minnesota y Luisiana se habían transformado en hijos adoptivos o en estrellas de un programa de televisión que no podían dejar de ver.

Al tiempo hay que dejarlo para más adelante, pero es bien sabido que se esfuma: un día Luisiana murió y otro día Minnesota terminó el colegio. Las cosas sucedieron rápido. El cuerpo muerto del pez parecía una caja de óleos gastados y el cuerpo crecido del joven copiaba en secreto la silueta de un hombre ausente.

Ustedes tal vez se pregunten hacia dónde apunta este relato. En algunos momentos, ni siquiera yo sé con precisión hacia dónde se dirige. Sé que Minnesota nació con el extraño don de mirar fijo a los aviones hasta hacerlos volar. Sin embargo, eso no le ocurría con las aves o con los platos. Los pájaros le causaban asco, quizá envidia; los asociaba con seres de otro mundo, animalitos demasiado independientes, capaces de olvidar lo inolvidable y de transitar lo intransitable. Los platos, por su parte, le resultaban un accesorio banal, frágil, antipático.

Con los aviones Minnesota tenía una relación especial; sobre todo desde que, en la universidad, había oído sin querer, de boca de un profesor, que su padre pilotaba los aparatos más gigantes que surcaban el cielo. A partir de entonces, cada avión que sobrevolaba su cabeza era un fantasma dominado por su papá.

Minnesota ya era un ilustre ingeniero aeronáutico cuando alguien descubrió de lo que era capaz. La descubridora fue su mujer. En el aeropuerto de París, adonde debían esperar varias horas antes de que saliera el vuelo que los llevaba a Bangkok, él le mostró cómo podía mover, con la fuerza de su mente, cualquier tipo de avión. Primero hizo despegar una avioneta y luego, un jet. Media hora después de la hazaña, a Minnesota y su mujer les informaron que el vuelo se había atrasado por desperfectos técnicos.

Dieron vueltas por el aeropuerto inventándose todo tipo de actividades. Uno de los juegos que practicaban en esas situaciones consistía en imaginar nombres de animales inexistentes: “merpila”, “tricérigo”, “cartú”, “bichordago”… En el trajín, Minnesota empezó a recordar los aleteos diminutos y respetuosos de Luisiana; los veía, de pronto, espejados en cada ventana.

No había forma de que los mecánicos lograran prender los motores del Boeing que depositaría a Minnesota y su mujer en Bangkok. Desde una de las salas de espera del aeropuerto, se veía cómo un grupo de operarios abatidos rodeaban el inmenso aparato; parecían médicos sobrevolando un enfermo incurable. En un momento, el avión empezó inesperadamente a moverse solo, sin la ayuda de nadie. Los gestos de desconcierto de los mecánicos le causaban gracia a Minnesota, quien sólo pensaba en Luisiana.