# No recuerdo

Editorial Pánico el Pánico

Oct 2011

NO RECUERDO

Prólogo, escrito por Luis Chitarroni

No me acuerdo

El principio de catalogación del libro de Feune es, por suerte, misterioso como el misterio de la mujer que Feune no recuerda. Responde a un principio más misterioso aun, al que Feune obedece sin amnesia: el de las soluciones elegantes, que seguramente la profesora de matemática que le tiraba tizas y se le reía en la cara no le enseñó. Por el primero podemos detectar cuánto recuerda Feune a pesar del descaro titular, no cómo, que es un efecto acaso no colateral o un defecto desmemoriado que el principio de las soluciones elegantes impuso. Con la memoria acaso no podamos decir and all is always now, aunque me sirva de la paradoja: con la memoria es acaso con la única con la que podemos repetir como un mantra la fórmula eliotiana.

Como la circunstancia que acompañaba al yo de Ortega (y acaso tangencialmente al de Gasset), la memoria le sigue el paso a Feune de Colombi, Esteban, y lisa, lisa y llanamente arma esta combinatoria de celebración reticulada. Sí, lisa y llanamente el libro de Esteban Feune de Colombi es eso.

Sin embargo, no escribo este prólogo para definir o clasificar sino porque “No recuerdo” despertó en mí la felicidad. No porque la transmisión encontrara –vamos a tratar de emular mi ignorancia de su juventud con la bella torpeza de su desmemoria– un sistema operativo análogo ni porque pudiéramos –tan luego Feune y yo– compartir recuerdos sino porque el olvido, como la pasión, es una pasión: manda. Habría algo así como una neurosis de destino latinoamericano compartido si al olvido le dijera yo: mande. Y no se trata de una gentileza de parte de Esteban Feune que olvide par délicatesse muchas cosas que juntos hemos olvidado sino que recuerde muchas otras que también. Así, y a fin de cuentas, se cuenta una novela genial, estratégicamente. Así encuentra su escansión un discurso, un balbucir (ven en mi ayuda, San Juan de la Cruz), un balbuceo. Así borra el yo las huellas digitales de la abusiva experiencia. Así borra Funes su Ireneo. “Aquí mis pasos / urden su incalculable laberinto”: lóbulo, berrinche.

Yo podría escribir la aporía de Miles Davis, que siempre me pareció que nacía sobrevalorado, como Picasso, con quien tan a menudo, y por razones tan obviamente exageradas, se lo compara. Jimi Hendrix tocaba generalmente una Stratocaster invertida (era zurdo); la inversión, el hecho de que la aleta –o como se llame¬– más larga de la guitarra quedara en posición supina, a punto de saltar e irse –antílope, guepardo–, incorporaba un attimo de elegancia suprema a la ejecución invisible. Antes de extenuarme debo decir que entro en la etapa “jadeo” del prólogo, que leo y releo “No recuerdo”, que me encanta “No recuerdo”, que lo considero una de las intensidades íntimas más admirables de esta década, de este comienzo de siglo.

No me acuerdo, en cambio, de qué edad tiene Esteban Feune. No me acuerdo de un título mejor elegido para repetir a un librero que nos exige precisión. No me acuerdo cuántos caracteres quedé en escribir. Vivimos, como corresponde, con la incertidumbre de agradecer lo que falta o lo que sobra. Contraemos consecuentemente una deuda de gratitud doble con esta ligera, liviana –voluntariamente tímida, voluntariamente modesta– precipitación de genio.